Patriarcado y nacionalismo

El nacionalismo esencialista o identitario catalán, que ha llegado hasta nuestros días sin hiato desde mediados del siglo XIX, se ha convertido en ortodoxia, en dogma incuestionable, con la hegemonía de Convergència. De la cual el procés no es otra cosa que su actualización. A pesar de que se haya tratado de ocultar con ropajes ‘cívícos’ e ‘integradores’, el nacionalismo esencialista catalán jamás ha dejado de ser una modulación del viejo nacionalismo romántico primordialista decimonónico. Dicho nacionalismo identitario es patrimonialista (Cataluña sería su latifundio), y tiene una obsesión por la propiedad y el control del ‘territorio’. No se cansan de repetirlo: las calles son ‘suyas’. Volveremos sobre ello en breve.Según la lógica del nacionalismo esencialista, el ‘pueblo’ tiene ‘espíritu’ (su ‘forma de Ser’ pretendidamente milenaria, diacrónica) y ‘alma’ (su ‘carácter’ en un momento dado de la historia, sincrónico), y emana de un ‘territorio’ que, a su vez, ha sido modelado por dicho ‘pueblo’. De ahí la insistencia en el ‘enraizamiento’ en dicho territorio. No hace mucho, Quim Torra insistió en la, para él, fundamental importancia del ‘hogar y la tierra’, en la línea del pairalisme, síntesis de patriarcado, propiedad privada sacralizada e identidad ‘enraizada’ en el territorio. Durante las protestas de estos años se han visto tractores por Barcelona, vitoreados por cibernautas nacionalistas en virtud de su ‘enraizamiento’ con dicho territorio. El ‘control del territorio’ también ha sido un lema recurrente por parte del nacionalismo procesista. Quien escape a dicho control, quien no se injerte en el ‘tronco’ del ‘pueblo’ (metáfora muy cara a Pujol), quien ose poner en peligro dicha apropiación de un Todo por parte de los únicos que se abrogan la condición de ‘pueblo’, quien no haga lo que los nacionalista dictaminan que hay que hacer porque es el único ‘sentido común’ (el del ‘país’, es decir, el suyo), se situará fuera del ‘país’ y del ‘territorio’, fuera de la familia, de la comunidad de parentesco que constituye el poble. Serán gentes del umbral, que no tiene capacidad mental para asumir lo Evidente, o que son agentes malignos al servicio de los ‘Otros’. En todo caso, se considerarán como una especie de ‘negativo’ de lo considerado como pertinente por los discursos y prácticas nacionalistas: gentes sin ‘cultura’ (sinónima de la idea de Gratia, de ahí lo de ‘desgraciado’). O bien gentes sin ‘lugar’ ni ‘familia’, que han traicionado al supuesto orden natural y han optado conscientemente por transgredirlo: ‘mujeres de la calle’, situadas fuera del control de los que se abrogan la condición de dueños de dicho territorio, de dicha casa, de dicha familia extensa. La obsesión por la uniformización de ‘su’ territorio y por su control forma parte de la base del nacionalismo esencialista: una lengua, una ‘cultura’, una forma de Ser, una única cosmovisión, un único sentimiento, una única identidad posible. Es la idea romántica, y nítidamente patriarcal, de la ‘comunidad’ ancestral: paternal, teocrática, con vínculos ‘cálidos’, ‘natural’… Implica una traslación de la familia patriarcal al ámbito colectivo. Ese ‘pueblo’ del que hablan los nacionalistas sería, de hecho, una comunidad de parentesco, una familia extensa patriarcal. Las relaciones en su interior tienen que ser de acato incontestable a los designios de quienes la gobiernen. Como el mesianismo forma parte de dicho discurso, contradecirlo implica situarse contra la Verdad.Aquellos que osen no plegarse a los designios dictados por los nacionalistas, es decir, a lo Bueno y Justo para los intereses del ‘país’ (es decir, para ‘sus’ intereses), quedan expulsados del ‘pueblo’, se sitúan en sus márgenes, cual gente fronteriza o nómada que ‘está’ en el territorio, pero no ‘es’ parte de él ni mucho menos le ‘pertenece’. Tanto en la familia patriarcal como en la gemeinschaft (comunidad) esencialista, existe una clara jerarquía. Dicha jerarquía, aplicada al ámbito de la identidad ‘nacional’, se basa en una serie de marcadores identitarios seleccionados por los nacionalistas para baremar quien se halla más o menos cerca de la cúspide. A medida que descendemos, la sacralidad situada en dicha cúspide se va degradando hasta desaparecer y situarse fuera del ‘pueblo’. Según los intereses de los que fabrican las características a poseer para formar parte de dicho ‘pueblo’ o ser expulsados de él, los límites del mismo irán variando. Hay condiciones sine qua non, por supuesto, pero después existen dinámicas que marcan la naturaleza de los marcadores a usar para llevar a cabo la inclusión, o no, dentro de, en nuestro caso, la ‘catalanidad’. Desde hace unos años, un marcador axial es el de convertirse en acólito del procesismo. Se reclama ‘unidad’ para ocultar lo de siempre: sumarse a la fórmula que convierte a una parte de una sociedad en su único Todo posible. Y hay que hacerlo, porque, en virtud de un supremacismo cada vez peor disimulado, hacerlo implica tener seny, es decir, ‘sentido común’. Algo que solo tienen los que se hayan en el seno del poble: los ‘normales’. La reproducción normal, la forma de Ser normal, la lengua normalizada, los valores ‘normales’ (y superiores). Si no bajas la cerviz, insultar, como vimos hace poco, es una opción. E insultaron a las mujeres usando palabras que remiten a esa ‘a-normalidad’ social, a esa condición ‘a-normal’ de sexualidad, fuera del territorio bajo control del ‘pueblo’, en las fronteras, nómadas, no ‘enraizadas’ en el territorio. Personas situadas fuera de la familia, ya que han osado no ceder y no ‘integrarse’ en lo único Justo y Necesario. Han cometido un error intolerable, y el insulto es lo que han recibido a cambio. Si es un hombre, como ha pasado hace poco en Girona con un periodista díscolo con el nacionalismo, se le llama desgraciat.Si es una mujer, ya hemos visto los insultos proferidos el pasado sábado contra los que la turba procesista consideraba que eran mujeres que habían optado por no ceder a los designios nacionalistas y no incorporarse’ al ‘país’ (es decir, a lo que ellos dicen que es el ‘país’). Mujeres que han osado ‘optar’, ‘elegir’, en vez de obedecer aquello que impone el nacionalismo como ‘sentido común’, como algo, por tanto, ‘natural’. Mujeres que no han cedido a sus ‘obligaciones’ para con ‘el país’, y es por ello que las insultaban, ya que lo ‘natural’ es obedecer. Es lo que tienen los dogmas…El mestizaje, la mezcla y la apertura encarnan el peligro del adulterio poniendo en riesgo la pureza social que el nacionalismo exige. “Puta” se llama a la que no es hija del pueblo y pone en entre dicho la pertenencia, abriendo esta a la alteridad. Hemos presenciado en no pocas ocasiones como los ecos del patriarcado cobran la nueva voz del nacionalismo y asombra que el feminismo, ahora tan de moda, se haga cómplice. Para acabar de rizar el rizo, mismo el propio Ernest Maragall ha dado la fórmula que, según él, hubiese ‘evitado’ esos insultos: haber pactado con ellos. En otras palabras: no se han sumado al único Volk, no se han arrodillado a los designios sagrados de la Voluntat del Poble, son seres que han decidido no ‘incorporarse’ en el único ‘Pueblo’ posible (el que ellos recortar, definen, emitiendo identidades ‘válidas’), por lo tanto, sería algo así como “que no se quejen de dichos vituperios, porque estaba en sus manos evitarlos y no lo hicieron, no haber ‘provocado’ a las masas que representaban en esa pequeña plaza barcelonesa al auténtico Ser de la ‘comunidad’…”. Suena a esa tan manida frase de “Algo habrá hecho”.

  1 comentario en “Patriarcado y nacionalismo

  1. 6 julio, 2019 a las 10:51 pm

    Buena entrada!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *