La genealogia feminista y el conflicto de la sexualidad femenina.

Desde sus orígenes, el feminismo arrastra un conflicto interno sobre la cuestión de la sexualidad femenina, siendo la política sexual feminista el terreno más complejo, polémico, contradictorio y conflictivo, desde su aparición hasta la actualidad.

El feminismo es heredero de dos tradiciones encontradas, la más fuerte se remonta a sus orígenes, y se centra en los peligros sexuales, su contrincante aparece en el SXX e incita a la sexualidad libre y alegre, momento conocido como la revolución sexual.

Las primeras feministas, entre las que se encuentran las firmantes de Seneca Falls, en cuya agenda se encontraba la lucha contra la esclavitud, asimilaron la prostitución a esta y la combatieron como si se tratase del mismo fenómeno, de la misma manera que lucharon contra el alcohol por considerarlo una forma de vicio que atentaba contra la vida familiar. En realidad, la lucha contra el alcohol era una manera de culpabilizar a este, se le responsabilizaba de la sexualidad masculina, que se entendía violenta ya en sí misma. La lucha contra los vicios era toda la misma, ya que estos suponían una amenaza a la institución familiar tan defendida en sus inicios.

La prostitución estaba también marcada por la eficacia de la religión y se percibía como un pecado y un atentado contra la dignidad femenina y como tal lo combatieron las primeras feministas.

El matrimonio  era una institución cuidada y defendida por el primer feminismo, para la que la prostitución era un peligro en muchos aspectos, siendo el riesgo de transmisión de enfermedades sexuales uno de los más difundidos por las campañas contra la prostitución.

Las primeras feministas centraron su política sexual en lo que se conoce como “pureza social”, y que  consistía en un paternalismo que buscaba proteger a las mujeres de los peligros de la sexualidad, a través de la abolición de la prostitución, la prohibición del alcohol y la lucha contra todos los vicios que pudiesen aumentar el exceso masculino. Se defendía la idea de matrimonio y la institución familiar como garantía de libertad femenina y  se hicieron campañas de talante cristiano, luchando contra la inmoralidad.

De la etapa de la pureza social sabemos que la represión pudo más que la seguridad femenina  alcanzada y que marcaron las ideas sobre la peligrosidad sexual que se han venido legando a través del tiempo. Hera Cook afirma en The long sexual revolution: English women, sex and conception que el movimiento de pureza sexual fomento la ignorancia sexual y la inhibición.

Recordemos que en esos tiempos las mujeres que trabajaban en las fábricas estaban estigmatizadas como prostitutas por los moralistas, a pesar de que las que más practicaban la prostitución eran las que trabajaban como criadas, que se prostituían a escondidas. También las madres solteras estaban marcadas por no cumplir con los imperativos de la sociedad. Sin embargo, muchas mujeres resistían y abrían el camino de la libertad de tiempos posteriores, a pesar de no ser declaradas feministas ni siquiera plantearse las consecuencias políticas de sus condiciones vitales. A ellas, a las madres solteras, a las mujeres que trabajaron estigmatizadas por no cumplir con los mandatos de su tiempo y a las prostitutas que desobedecieron tan intensa persecución, les debemos el legado de buena parte de libertades que erróneamente se atribuyen al feminismo, y que, paradójicamente, las percibía como víctimas.

A principios del SXIX el gobierno francés comenzó a regular la prostitución, también ocurrió en Inglaterra. El objetivo de las regulaciones era evitar la transmisión de enfermedades venéreas y por ello se obligaba a las prostitutas a exámenes médicos.

Se crearon numerosos los registros que a menudo servían a los vecinos de amenaza a las mujeres que no encajaban en sus tiempos.

A pesar de los intentos de los gobiernos europeos de registrar a las prostitutas, también resistieron a esto, siendo finalmente ellas las que llevaron el control de sus propias vidas. Pero no solo eran prostitutas mujeres, los imponentes hombres de la Brigada de la Guardia en Londres, por ejemplo, también eran conocidos por vender favores sexuales.

Desde 1820 hasta 1840 apareció una resistencia interna en el propio feminismo a la política de la pureza social, Victoria Woodhull, una de ellas, comenzó a defender el orgasmo mutuo. Estas primeras feministas que enfrentaron la política de la pureza social exigieron el derecho a divorciarse contra la defensa ciega y sorda  de institución del matrimonio.

El hecho decisivo que paralizó la política de la pureza social fue el control de la natalidad y la posibilidad de las mujeres de negarse a la maternidad. Inicialmente, las feministas de la pureza social también estaban en contra del control de la natalidad ya que pensaban que los hombres forzarían a las mujeres a mantener más relaciones sexuales o que aumentaría el sexo extramatrimonial. Pero afortunadamente perdieron esa batalla gracias a que las herederas de la resistencia defendieron que la sexualidad era una recompensa también para las mujeres, y fue gracias a estas que se comenzó a conquistar el espacio publico y a salir del ámbito familiar sin temor a ser estigmatizadas.

La segunda batalla entre estas dos grandes corrientes internas dentro del feminismo ocurrió entre  1968 y 1985.

Estoy de acuerdo con Alice Echols cuando afirma que llamar feminismo radical al feminismo de Susan Brownmiller o Andrea Dworkin es un error y que el la nominación apropiada es la de feminismo cultural. Es importante hacer esta aclaración porque en España la mayoría de feministas que se autodenominan feministas radicales son en realidad feministas culturales.

Las feministas culturales defienden hipótesis contrarias al feminismo pro sexo que tiene por origen la resistencia a la pureza social.

El feminismo cultural nace en el debate sobre el lesbianismo.

En los años 70 una importante lucha por el reconocimiento de las lesbianas obligo a la reflexión en torno a la heterosexualidad como una norma que condicionaba el feminismo.

Se plantea entonces la cuestión de que si el feminismo era una cuestión de sexualidad, este pasaba, necesariamente, por el lesbianismo. De esta manera aparece de el lesbianismo político, del que su mayor exponente es Monique Witing.

Las heterosexuales, mujeres que deseaban a los hombres, pasaron a ser entonces feministas de segunda. Se instaló la idea de que la relaciones con hombres constituyen una forma de opresión en sí misma y el lesbianismo se convirtió en un compromiso feminista. Estos planteamientos no tienen relación ninguna con el feminismo radical que cuestionaba la pureza social, sino más bien han servido para reactualizar sus hipótesis ahora disfrazadas por el feminismo cultural que utiliza el lesbianismo como elemento transgresor para imponer una nueva forma de puritanismo de la sexualidad de las mujeres. La idea de “lo personal es político” permitía abarcar el espacio de la sexualidad femenina desde el activismo, capturando la intimidad dentro de la vida política y exponiendo los placeres a la visibilización y la virtud.

El feminismo cultural define la sexualidad como un peligro que impide la exploración del placer sin vigilancia.  Las feministas culturales como Dworkin afirman que el núcleo de la opresión sexual es la utilización de las mujeres como pornografía, que la pornografía es la teoría y  la violación es su práctica.

Es el feminismo cultural relacionó la pornografía con la violación y articuló el concepto cultura de la violación que tanto escuchamos actualmente, cuyas consecuencias he expuesto en el capítulo “Cultura de la persecución” .

La respuesta al feminismo cultural llego del feminismo pro sexo, crítico con la teoría de la cultura de la violación y la persecución de la pornografía, así como de las obras artísticas que, supuestamente, contribuían a infundir el terror en las mujeres a favor de los hombres.

Las feministas pro sexo acusaron al feminismo cultural de rescatar a los viejos fantasmas disfrazados de nuevos argumentos sobre la libertad.

La propuesta sobre la sexualidad femenina del feminismo cultural en realidad es un ataque a la política del feminismo radical que ofrecía una crítica a la familia nuclear – a favor del derecho al divorcio-, al Estado y su paternalismo, a la religión y a la represión de la sexualidad. El feminismo cultural centraba sus críticas en la mentalidad pornográfica y una supuesta permisividad que beneficiaría a los hombres.

El feminismo cultural fue contestado por autoras como Gayle Rubin[1] en su conocida propuesta para una teoría radical de la sexualidad, en la que historiza y señala la manera en que las persecuciones sexuales han sido funcionales a los tiempos de grandes conflictos y en la que denuncia la complicidad de las feministas culturales con este tipo de proceso social.

“La retórica feminista tiene una inquietante tendencia a reaparecer en contextos reaccionarios. Por ejemplo, en 1980 y 1981, el Papa Juan Pablo II pronunció una serie de discursos, reafirmando su compromiso con los puntos de vista más conservadores y paulinos sobre la sexualidad humana. Al condenar el divorcio, el aborto, el matrimonio civil, la pornografía, la prostitución, el control de natalidad, el hedonismo desenfrenado y la lujuria, el Papa utilizó abundante retórica feminista referente a la objetivación sexual. En un tono similar al de la lesbiana Julia Penélope, activa feminista, Su Santidad explicaba que «contemplar a alguien de modo lascivo convierte a esa persona en un objeto sexual, más que en un ser humano merecedor de dignidad»  

Gayle Rubin

La persecución, la histeria sexual, y el pánico moral son realidades que aparecen en tiempos de crisis como oportunidades para el desplazamiento de la ansiedad concomitante al conflicto social y que hacen de las minorías eróticas o sexualidades

disidentes los chivos expiatorios de su tiempo. El feminismo no debería participar en ellas y mucho menos encender su mecha, tal y como hemos presenciado a través del movimiento #metoo.

Gayle Rubin  acusó al feminismo cultural de perpetuar este mecanismo de persecución observado en diferentes momentos de la historia del que el feminismo con origen en la pureza social siempre ha sido cómplice. Otras autoras también contestaron las planteamientos de las feministas culturales. Amber Ojibal, en el deseo del futuro: la esperanza radical en la pasión y el placer, por ejemplo,ofrece un cuestionamiento a la idea de la sexualidad entendida como un peligro amenazante, para defenderla, sin embargo,  como un terreno para el placer y la realización femenina.

También Camille Paglia  aparece como respuesta al feminismo cultural con un planteamiento interesantísimo sobre la pornografía, el trabajo sexual y el erotismo que nos ofrece una perspectiva que supera definitivamente el paradigma del feminismo cultural y la miserable herencia del postulado de la pureza social de las primeras feministas, postulados que se actualizan de nuevo con el movimiento #metoo, sostenido también por feministas supuestamente pro sexo. El movimiento #metoo tiene la característica de actualizar tanto el mensaje del feminismo cultural como del feminismo de la pureza social.

Por un lado se plantea que toda circunstancia en intimidad con los hombres es peligros, por otro lado se plantea que se debe vigilar en la intimidad, que los hombres son potencialmente agresores, y en definitiva, que la sexualidad no es un terreno tanto para el placer como para el peligro. Nada nuevo, al contrario, la vieja política sexual feminista de las primeras moralistas, otra vez.

El movimiento #metoo es el heredero del feminismo cultural y el paradigma de la pureza social y por eso es importante contestar los mensajes instalados y actualizados sobre la existencia de una cultura de la violación, que ya fueron desmentidos por feministas pro sexo y autores como George Vigarello, en su magistral obra sobre la Historia de la violación, en la  que pone en evidencia que la cultura de la violación no solo no existe sino que la violación ha sido considerada desde el origen de los tiempos una transgresión susceptible de duro castigo en Occidente.

No permitamos que nuevas formas de persecución y moralismo utilicen las tragedias de las personas que las han sufrido ya que este camino sólo ensombrece la vida de las víctimas verdaderas, que aparecen como rehenes ideológicos al servicio de las guerras contra el sexo.


[1] Rubin, Gayle. Reflexionando sobre el sexo, notas para una teoría radical de la sexualidad. Texto extraído de: Vance, Carole S. (Comp.) Placer y peligro. Explorando la sexualidad femenina. , Ed. Revolución, Madrid, 1989. pp. 146

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